05 de octubre de 2008 Jean Meyer
Un creyente de la Santa Muerte ofrece el humo del cigarrillo de marihuana a un esqueleto vestido de virgen, en el popular "barrio bravo de Tepito" en Ciudad de México. La celebración mexicana de la Santa Muerte es un culto a la violencia y al narcotráfico.
A propósito de un libro de antropología publicado sobre el culto a la Santa Muerte, un amigo me hace notar que decir “la Santa Muerte” es como gritar ¡Viva la muerte! Y que es lo que hacen, consciente o inconscientemente los criminales, asesinos, sicarios, matones o como quiera usted llamarlos, que lanzan granadas a la muchedumbre inocente (perdón, un paréntesis, un famoso bandido francés, dizque anarquista, un tiempo muy popular por un romanticismo irresponsable del cual uno termina arrepintiéndose, demasiado tarde, contesta al juez que le pregunta “¿Por qué lanzó usted la bomba en el café si esa gente era inocente?”: “Nadie es inocente”. Fin de paréntesis), lanzan granadas en Morelia, avientan cabezas, torturan, mutilan, desfiguran sus víctimas, inocentes o no.
¿Y por qué no lanzar una granada en medio de esa gente p… que no vale nada? Es un antojo y ¡viva la Santa Muerte! No es el ¡viva la muerte! del general español compañero de Franco, grito bastante siniestro al cual contestó valientemente Miguel de Unamuno. No, es un grito mucho más siniestro, de ser posible.
Siniestro como el “Zamora se borra del mapa”, comentario terrorífico, equivalente a una narcomanta, reproducido en un gran diario capitalino. En Zamora, Michoacán, se descubrió un explosivo en el centro de la ciudad y luego vino ese discurso. “Raza, ya no pongan dedos, los corchos no pagan, Zamora es la punta de la mecha donde la última letra se va a arrepentir de haber venido y ni el gallito ni el teniente coronel los van a salvar. Vamos a tumbar a ario y la cale por proteger costrosos, la guerra inicia… Jacona, te vas a quedar sin estrellas, va a ver (sic) puesto vacante pronto… Zamora se borra del mapa”.
Y, de repente, despertamos en una sociedad asustada, entrampada en sus temores más que fundados, porque nadie puede acusar a los mexicanos de ser miedosos; tardó en llegarnos el miedo porque cuando el agua empezó a subir hace más de 20 años, no hicimos caso. No faltaron los profetas que gritaron ¡cuidado con el narco! No los escuchamos, pensando que era cosa de la sierra de Guerrero o de Coalcomán o de las serranías de Sinaloa y Chihuahua, cosa del subdesarrollo, pues.
Ya el agua subió a los aparejos y somos noticia mundial (“Bajo el terror del narco”, “México salvaje”, en El País del domingo 28 de septiembre, cuatro planas completas), por más que nuestros amigos gabachos reconozcan a la vez: “México sigue siendo un país amable, exquisito en las formas, de una belleza difícilmente igualable y quizá, a partir de ahora, concienciado del peligro que el narco entraña para su desarrollo”. Documentan las estadísticas de la “Santa Muerte” en acción, de nuestra histórica corrupción no sólo policial, sino política, abren viejos expedientes, mencionan nombres de gobernadores, ministros, generales, almirantes…
Frente al espectáculo de la Santa Muerte, el historiador recuerda cuan indispensable es el Estado. En su larga prehistoria homo, mal llamado sapiens, perdió poco a poco las conductas complejas instintivas, en especial la de la barrera de no agresión en el seno de la especie; el lobo, fuera de la época de celo, no ataca al lobo, pero el hombre es un lobo para el hombre. Había de 10% a 15 % de defunciones por muerte violenta antes del surgimiento del Estado, menos de 1% desde que el Estado monopoliza el uso legítimo de la fuerza y que, entre las naciones, la guerra formal institucionalizó la violencia. Con la llegada de la Santa Muerte frente a un Estado débil o debilitado, la violencia resurge con gran ímpetu. Y con ella el miedo.
El miedo es tan viejo como la historia de la humanidad; pregunten a sus ancianos qué les contaban sus padres de la vida en México cuando, después del asesinato de Madero, empezaron a cabalgar los cuatro jinetes del Apocalipsis. Cuando desapareció el Estado, millones de mexicanos pacíficos fueron presas del miedo cotidiano, un miedo justificado porque la Santa Muerte andaba suelta.
“El ángel exterminador giraba alrededor de México como el sol alrededor del globo”, me contaba don Luis González, el padre de nuestro querido historiador, también Luis González, al evocar la llegada de las hordas de Inés Chávez García. ¡Cuál revolución ni que nada! Violencia pura. Cuando los crímenes, especialmente los crímenes de cierto tipo, se acumulan en un lugar, chico o grande, tarde o temprano llega el ángel exterminador. Hay todavía un poco de luz en nuestra sociedad. Tenemos que caminar para que la noche no nos caiga encima.
jean.meyer@cide.edu
Profesor investigador del CIDE
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